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Robert Zimmerman entra al nuevo siglo con un nuevo disco bajo el brazo, “Love and Theft”. Pero ya ha escrito una historia que abarca cuatro décadas y que es digna de repasar:
La influencia de Bob Dylan en la música contemporánea es sólo comparable a la de los Beatles, los Rolling Stones y Elvis Presley. Pero detrás de esa indiscutible verdad, se esconde una cuestión menos comprobable: ¿En qué medida es escuchado el viejo trovador entre el público? Con el tiempo, especialmente para las nuevas generaciones, Dylan se ha ido convirtiendo en un mito viviente, más respetado que conocido. Muchos sólo lo conocerán por los covers de artistas como Guns ‘N Roses (“Knocking on Heaven’s Door”) o U2 (“All Along The Watchtower”).
Pero alguna vez, Robert Zimmerman (nacido el 24 de mayo de 1941 en Duluth, Minnesota) fue la cabeza de una generación. Mientras asistía a la Universidad, comenzó a cantar canciones folk, cambiando su apellido en honor al poeta Dylan Thomas.
Trasladado a Nueva York se concentró en escribir sus propias canciones que, mezcladas con otras de autores folk de la época, vieron la luz en “Bob Dylan”: su primer y poco conocido primer álbum de 1962.
Pero a partir de allí, comenzó a pergeñar una serie ininterrumpida de obras maestras que se prolongó hasta el fin de la década del sesenta. “The Freewheelin’ Bob Dylan” fue el primero, que contenía clásicos indestructibles como “Blowing In The Wind”, “Masters of War” y “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”. Casi íntegramente conformado por temas propios, el álbum lo instaló como la nueva voz del folk testimonial y de protesta.
Le siguió “The Times Are A-Changing”, todavía más concentrado en la protesta social, armado sólo con su guitarra acústica y su armónica. En “The Other Side of Bob Dylan”, le agregó su faceta más romántica y humorística. Pero con “Bringing It All Back Home” comenzó su giro hacia el rock con la inclusión de instrumentos como la guitarra eléctrica, aunque su vieja veta seguía presente en temas como “Mr. Tambourine Man”.
El gran quiebre (imperdonable para muchos) llegó en 1965, con la obra maestra “Highway 61 Revisited”. Acompañado por una banda de rock, con el guitarrista Michael Bloomfield a la cabeza, cayó como un mazazo sobre las cabezas de los folkies intelectuales que lo habían entronizado. Dispuesto a no repetirse, sorprendió con la épica “Like A Rolling Stone”, volviéndose más cínico que nunca, abandonando su pose de mecenas de la sabiduría.
Pero si con “Highway…” cambió de rumbo, con el doble “Blonde On Blonde” se adentró en las aguas del blues, el country, el rock y el folk para dejar uno de los discos más influyentes de todos los tiempos. Acompañado por primera vez por The Band (The Hawks por aquel entonces), más otros músicos de sesión, presentó catorce canciones de una profundidad que permite aún hoy seguir descubriendo cosas. Pese a contener baladas (“Just Like A Woman” o “Visions of Joanna”), es el disco más rockero que jamás haya grabado. En su gira por Inglaterra, al presentarse en el Royal Albert Hall, desde el público le gritaron “¡Judas!”, antes de arrancar con una eléctrica versión de “Like A Rolling Stone”, en referencia a su abandono al folk acústico
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