ANDRES CALAMARO PRESENTO SU ULTIMO DISCO

Recital pequeño, clima perfecto


Para invitados y en formato acústico, tocó por primera vez en vivo los temas de Alta Suciedad.

CON ELEGANCIA. Calamaro paseó por Dylan, Sabina, Chavela Vargas y Gardel.


Con elegancia no exenta de cierta bizarría, Andrés Calamaro dio cuenta de su amplio universo, en donde discurren sin conflicto Moris, Sabina, Dylan, Chavela Vargas, Gardel. La excusa fue un recital pequeño y para invitados de una radio; lo trascendente, la primera presentación en vivo del material de su último disco, Alta suciedad. Desde temprano, niñas y adolescentes se fueron acercando a la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza. Mucha minifalda para ver al hombre que hizo de su residencia en Madrid una constante expectativa porteña para escucharlo. El hombre estaba, a las 21.25, sentado al piano. Al costado, las guitarras del español Guillermo Martín y de Gringui Herrera. Los tres sobre alfombras y entre esas penumbras tan sugestivas, tan de living, tan unplugged. Los tres acordes con el formato acústico: sin nervios, como caminando sobre un repertorio delicado. Y el público también: increíblemente sin histeria, escuchando como en misa.
Todo comenzó con Flaca. El sonido unplugged se transformó, hace ya tiempo, en un concepto. Dentro de ese concepto transcurrieron las versiones de Calamaro. Esto es: versiones más lentas, a veces acortadas, con leves modificaciones en melodía y tono, y cierta tendencia a decir más que a cantar. En Flaca se dieron todos estos elementos. Siempre con Martín haciendo la base de guitarra y con Herrera punteando, Calamaro partió desde ese hit hacia un rumbo musical exótico que -en su piano, voz y percepción- no es más que piezas mezcladas de un puzzle que se va articulando serenamente.

Siguieron los temas de Alta suciedad: Media Verónica, Elvis está vivo, Crímenes perfectos y El novio del olvido enganchado con La copa rota. El clima ya estaba impuesto. La textura acústica colaboraba para el deslizamiento suave de la canciones. Y para su lucimiento: las canciones de Calamaro son buenas y -si bien en alguna estructura melódica se autoplagia (nada grave: ocurre hasta con Paul McCartney)- están construidas sobre letras con imágenes esmeradas e historias bien narradas.

Luego, se bajó del último disco, y acometió con viñetas de su carrera, desde Señal que te he perdido a Ni hablar pasando por Costumbres argentinas. Y se puso juguetón, casi crooner, en Im Just a Gigoló, tema popularizado por David Lee Roth, y honró a Bob Dylan en Tomorow Night y pasó por Sabina y Chavela Vargas, y Gardel en un intento de El día que me quieras. A Calamaro todos los trajes parecen quedarle bien: tiene garbo y sabe elegirlos. Esa capacidad de amplitud podría derivar en pastiche o impostación. En él es una muestra de curiosidad y buen trato.

Ocurre, por ejemplo, cuando desempolva Pato trabaja en una carnicería, gema de Moris. Calamaro le saca brillo a la melancólica canción, que anda cumpliendo 30 años, y se permite un pequeño, significativo cambio en la letra y muta comunismo por peronismo: "el peronismo resultó complicado", dice. Nadie lo advierte y él apenas sonríe: la amplitud de Calamaro es tal que siempre un sector se queda afuera.

Así se fue yendo el show. Con un despojamiento acústico que colabora con la escucha atenta de las canciones. Con un artista que va directo a convertirse en clásico, aún inmerso en el resbaladizo terreno de la difusión y su máquina de arrojar hits de un modo indiscriminado. Aun tropezando con algunos tics efectistas. Calamaro sale indemne y siempre gallardo. Y mucho más en un concierto de las características del realizado el martes. El mismo avizoró que todo estaba saliendo impecable cuando dijo: "Vamos a ver si puedo romper este clima perfecto". No pudo.