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En tan sólo un mes, la delantera de cerebros fritos del rock argentino se
hizo presente para que 2002 contara, de una manera u otra, con el aporte
de quienes dominaron el songwriting argentino de las últimas dos décadas.
Por un lado, Charly García -rey de los 80 pop- hizo lo suyo con
Influencia, un disco aburrido, con sabor a nada, y que, como si fuera
poco, también suena mal. Por otro, Andrés Calamaro -dominador absoluto
de los confusos 90- decidió combatir a la industria discográfica
subiendo a Internet algunas de las canciones que, tal vez algún día,
formarán parte de su próximo disco. Deep Camboya, nombre con el que seguramente se conocerá a partir de ahora a este puñado de canciones poco felices, tiene diecinueve tracks grabados en cuatro canales. El nuevo ¿disco? de Calamaro, como el de Say No More, también suena mal. Pero a diferencia de Influencia, Deep Camboya es completamente gratis: para hacerse con una copia sólo se necesita una conexión a Internet más o menos rápida y algo de paciencia. Desde los días de El salmón, el disco quíntuple con el que desafió a sus respectivas compañías en Argentina y en España, Calamaro parece más preocupado por la forma en la que entrega sus deberes que por el contenido de su música. Pero esta vez fue muy lejos: salvo algunas contadas excepciones como El azteca, Los 4 jinetes o la versión narcótica de La última curda, ninguna de estas canciones se acerca a su codiciado songwriting de masas. Las letras, como siempre, se pierden entre los infiernos personales, las miradas ácidas sobre los días que corren y algunos chistes que sólo él y sus amigos sabrán comprender. Lo de Calamaro son los extremos: la exageración o el refinamiento. Lo mejor y lo peor con el fervor de alguien a quien la tormenta de la existencia lo mojó de verdad. Nicolás Miguelez
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