Diario Página 12- Suplemento RADAR, 3 de Junio de 2001



Camboya profundo

Poco y nada se sabe de Andrés Calamaro desde que sacó El salmón y decidió no presentarlo. Apenas sale de su casa, pasa jornadas maratónicas sin dormir, compone canciones sin parar y hace lo imposible por dilapidar la fortuna que ganó. Radar entró al departamento que el músico rebautizó Camboya Profundo y habló con él sobre su nuevo disco, la industria discográfica que sabotea, las drogas que consume, el orgullo de ganar la plata en vez de robarla, la única forma que encontró para sobrevivir y el lujo que es hoy en la Argentina morir de tristeza.

TEXTO:CARLOS POLIMENI

“Cinco en seis”, dice Andrés Calamaro parado en la puerta de su casa, olfateando el aire, como un ciego frente al mar, un domingo por la noche, mientras pasan los 60, los colectivos 60. Cinco son las veces que ha salido de Camboya. Seis los meses que lleva encerrado. Esta es la quinta vez que pisa la calle desde que comenzó su exilio artístico interior, sin motivo aparente alguno. Dos veces salió a comprar discos. Las dos restantes fueron en Navidad y Año Nuevo. La quinta es corta: ha bajado a abrir la puerta de calle, descalzo. Calamaro tiene esta noche el aspecto del que lleva una eternidad sin dormir, y se entretiene conversando, uno de sus fuertes. Camboya, cuatro pisos más arriba, es su casa, en la esquina de Pacheco de Melo y Junín, en Barrio Norte. Camboya es el sitio en que un hombre arde y se consume, mientras se dedica a lo único que quiere hacer en el mundo: componer canciones y grabarlas como instantáneas. En Camboya están Manuela –sus preciosos muy pocos años– y las marcas de todos los topetazos de Andrés con la realidad: aquí rompió a batazos una cámara un día de furia, aquí el piano rojo que ya casi no usa, allá el altillo con una muñeca inflable de goma donde grabó canciones que son ya recuerdo. Camboya es un país pequeño arrasado por sucesivas guerras, en que los sobrevivientes no tienen miedo a morir sino miedo a vivir aburridos. Por eso a veces no comen y no duermen, pero se atosigan de sensaciones. “La fórmula de vida perfecta que los tipos como nosotros inventamos es la fórmula del sexo, la droga y el rock and roll, que no tienen sentido si van separados”, dice el rey de Camboya, que se mueve por la casa como una especie de coronel Kurtz de melena renacentista y fabrica oscuridades para poder resistir la luz. “Yo puedo decir con bastante orgullo que difícilmente haya habido gente que disfrutó más que yo de esa fórmula, al menos en la Argentina de los últimos veinte años. Eso me hace sobreviviente, y culpable. Me pone de un lado que me gusta. Del otro lado, está la policía.” El coronel de la Apocalypse Now! argenta gusta de montar numeritos cuando los periodistas intentan una imposible entrevista convencional. Disfruta de asustarlos o sacarlos de las casillas. Y después, cuando lee las escasas notas que concede, suele arrepentirse de sus palabras. “El coronel es un genio/ pero vio demasiadas cosas/ y vamos a ejecutarlo en aguas peligrosas”, escribió y cantó Calamaro en el tema 5 del disco 3 de El salmón. “Será que vio el horror/ tantas veces/ que se cansó de estupideces (...) Habrá que sacrificar a Brando/ y salir pirando/ porque esos cuarteles de invierno/ son el infierno (...) Es el fin del mundo/ Camboya profundo (...) Crucifíquenme y no traten de entender/ el sacrificio.”
Uno de los problemas en torno a Calamaro (y no de Calamaro) es que sus discos suelen ser juzgados por una o dos canciones que pasan por radio, ahora que el periodismo de rock parece haberse convertido en un aderezo más de la ensalada de los medios y los videoclips se amontan en los canales de cables, unos iguales a otros. El salmón fueron cinco discos con un total de 103 temas, muchos de ellos envidiables. Honestidad brutal, dos discos con 37 canciones. Buena parte de la opinión circulante sobre el presente artístico de uno de los más grandes compositores de canciones de la historia de la música argentina de los últimos cuatro lustros se funda en la repetición por radio de dos cortes de difusión: “El salmón” y “Te quiero”. Abajo hay 135 canciones que en su mayoría se desconocen. Algunas son excelentes, otras muy buenas, las hay buenas, las hay mediocres y las hay malas. Pero entre las excelentes y las muy buenas sobra material para concretar una antología triple que envidiaría buena parte de los músicos argentinos actuales. Calamaro está acostumbrado al castigo de la crítica que en cambio elogiará insistentemente grupos y solistas que dan vergüenza, pero también cansado. Calamaro afirma que hay mucha gente que dice que ama la música, pero suele definirse citando ante todo aquello que no le gusta, o que odia. “En los 80, ¿quién entendió el sistema de ideasque alumbraba mis canciones? Simplemente gustaban o no, pero no sé cuánta gente se animó a pensar que había una teoría detrás de la escritura de canciones de acordes menores, con estribillos entradores. La teoría era: vamos a ser canciones diferentes de las de Charly, de las de Spinetta. Era decir: ‘Muchachos, ¡terminaron los 60 y los 70!’. Era pensar, aunque no decir, vamos a ser punks, pero a partir del plástico. Vamos a ser música popular desde el rock. En mi casa se escuchaba a Charlie Parker... Mi punto personal no era deformar sino... hacer canciones fáciles, o aparentemente fáciles. Yo hice pop frívolo de mierda, de acuerdo, pero con pasión. Nunca me dejaron agrandarme: me trataron mal tupido. Pero a mí me invitó a subir al escenario Luca y me consideraba su amigo Miguel Abuelo. Ellos se dieron cuenta. En ese sentido, yo hasta podría ser una reserva moral del rock, entre tanta reserva inmoral.”
El lector de Cioran saca ahora uno de sus incontables compacts caseros, grabados en el estudio pre-profesional de Camboya. Busca uno de los 25 temas que produjo para su próximo disco, que se llamaría El 22, y se dispone a hacerlo sonar, en su equipo de morondanga. “Así me gustaría que me recuerden, algún día”, anticipa y suena una música simple, alegre y vital, como de calesita, cancha de fútbol o cumpleaños de 15, un instrumental que bien podría ser anónimo. Calamaro pensándose muerto, en la penumbra de un departamento en tinieblas. En estos seis meses murieron Julián Infante, el guitarrista tóxico de Los Rodríguez, y Polo Corbella, el entrañable baterista–taxista de Los Abuelos de la Nada. Andrés mira una foto de Miguel Abuelo, mientras suena el tema de acordes menores. A Miguel, que era pura calle, puro pechito argentino, le hubiese gustado, parece estar pensando. Por una vez, por un momento, por unos instantes, se queda callado. Alguien abre y cierra la puerta del ascensor, pero en el tercer piso.
“¿Quién me reivindica hoy?”, se pregunta Calamaro, horas antes de bajar por quinta vez en el año a la realidad de la calle. “Posiblemente los de la cumbia villera sean mis pollos, así como yo quisiera ser el pollo de Hebe de Bonafini y del Indio Solari. Me parece que eso habla un poco del estado de las cosas, ¿no? Si en algún punto me comporto como una estrella, las estrellas no salen de su casa, es porque me cago en la Argentina, en este país de mierda y sangre. Me gusta el ejercicio: los mejores argentinos son los que se cagan en la Argentina, y los próceres argentinos... ya se sabe lo que Argentina hizo con ellos. Estamos en un momento patético: hay 14 millones de pobres, la mayoría de ellos luchando por tener un trabajo. Y si lo consiguen, ganarán 200 pesos por mes, con suerte. Eso demuestra que el problema argentino es moral, no es económico ni laboral, ni nada. ¿Cómo vas a estar pagando 11 mil millones de deuda externa y condenando a la gente a pelear por un trabajo innoble y una plata que parece broma? La plata necesaria para que tus hijos no se mueran de hambre no es plata: es dignidad, es el mínimo a partir del cual se puede comenzar a hablar. Morirse de tristeza es un lujo en la Argentina de hoy. No quiero hablar de política, porque meto la pata. Me pasó cuando dije lo que siento respecto de los milicos. Pero es lo que siento: yo siento odio, y el odio me construye. Lo mataría a Videla, pero parece que eso no está bien visto. Y lo siento, pero sigo sintiendo lo mismo. Lo que ocurre es que hay una especie de obligación colectiva, impulsada por cierto progresismo, que impulsa a ser bien pensante. Para ser mejor o peor que tal. Yo no soy ejemplo de nada, pero comprobé algunas de mis cuestiones éticas y morales. La conclusión es: no soy buena persona, pero no estoy más allá del bien y el mal. Por ejemplo, tengo una ética con respecto a la música y a rascarme los huevos, a la satisfacción. Tengo una ética con respecto a los amigos y a sus mujeres. Tengo una ética con respecto a lo que consumo. Tengo una ética con respecto a no ofender a los que sufren. Quiero decir: cuando yo lo paso mal, ¡no sabés lo bien que lopaso! O sea, me sobra para falopa y me lo paso con cien minas, mientras extraño una. Sufrir por una mujer que dejaste tirada te hace mejor persona, no te olvides. En cambio no te hace mejor persona esconder el odio hacia el genocida. Despreciar el culto al dinero que reina en la Argentina tal vez te haga mejor persona. Veo que para mí la plata no es lo mismo que para los demás, porque la tengo, por una decisión que no fue mía sino de la gente. Me puedo vanagloriar de haber gastado la plata que la gente me dio por mis canciones en mis vicios. Y los vicios no se explican. Los vicios son como el swing: se tienen o no se tienen.”
Andrés, que con Alta suciedad vendió más discos que cualquier otro artista argentino de rock o de pop en la segunda mitad de los 90, dice que ya no le encuentra demasiado sentido a la profesionalidad. Que arte y profesionalidad son conceptos antagónicos. “Para mí, la única ley que existe es la del menor esfuerzo, la de decir muchas veces no. Eso me dio el dinero: la posibilidad de quedarme en casa haciendo canciones, de comprarme espacio, capacidad de negociación. Si al comenzar el año tengo una gira con 40 actuaciones, seguro que ese año no hago buenas canciones. Y hacerlas es lo único que quiero, porque no siempre tocar es placentero, y muchas veces grabar es un infierno. El fracaso estrepitoso lo conozco muy bien: pensar en hacer un disco que venda mucho es lo peor que puede pasarle a un artista. No conozco médicos que atiendan mejor o peor según lo que vayan a ganar, o periodistas que escriban malas notas si no les pagan bien. A mí no me importan las ventas de discos y estoy seguro de que pensar en la guita sólo te puede servir para que te vaya mal. Luca fue el primero en darse cuenta aquí de que hay que hacer canciones que no pasen por la radio, pero que harán historia. En todo caso, hacer una canción para la radio, de vez en cuando. El problema es que cada vez la gente escucha menos discos. Situación incómoda: me junto con Fito Páez y me habla bien de mi disco, y me doy cuenta de que nunca lo escuchó. Yo sí escuché bien el de él, porque iba a verlo, y es mínimo. Quiero decir, la gente ya no escucha los discos completos y por ende cuando viene aquí no sabe con quién están hablando. Me hartan las simplificaciones bestiales. No estaba triste en Honestidad brutal, simplemente estaba comprobando la posibilidad de grabar muchos discos mientras llevaba adelante, con hidalguía, una existencia fuerte en tóxicos. Ahora pienso que acaso lo que hicimos en El salmón sea el único momento creativo posible. ¿Sabés cuándo empieza el momento creativo? Cuando uno se caga en todo de verdad, cuando uno no sabe en qué día vive, cuando uno no piensa en la mamá y el papá, ni en el vecino del séptimo y hace canciones con el corazón, que después no lo avergüenzan. El éxito es terminar un disco, no que lo compren otros. Y por eso lo que el sistema llama éxito es perverso; significa que te da certificado de existencia la mirada de otra gente, a la que manipulan las pasadas de discos por radio, pagas por las compañías. El éxito entonces es Cristina Aguilera y el fracaso, Bob Dylan. Por eso, la única forma artística de vivir que conozco es cagándome en todo de verdad. Los fundamentalistas de la moderación son unos soretes: ignoran la poesía. Los fundamentalistas de la moderación son los que votan a De la Rúa como antes votaron a Menem. Yo practico el desprecio por el pueblo, que siempre se equivoca. Digo esto porque siento que aquí lamentablemente se me aplaude más por reventado que por artista. Y yo estoy muy rayado con eso. Acá la gente se mandó todas las cagadas juntas. El problema no esningún gobierno, ya lo sabemos. El problema fue que en la Guerra de las Malvinas no tiraron bombas en Buenos Aires. ¡Sí, bombardeen Buenos Aires porque la alegría es sólo brasilera! Siento decirlo, pero el dulce de leche argentino no es competitivo ni en España ni en México. Y tenemos democracia gracias a Estados Unidos, que apoyó a Inglaterra en la guerra e hizo que se desplomara la dictadura. No encuentro un solo buen motivo para sentirme orgulloso de ser argentino, sobre todo si tenemos claro que Gardel era uruguayo o francés, San Martín casi español y Piazzolla de Nueva York.”
Ahora, el cerebro de Calamaro hace zapping. El famoso monólogo Calamaro sobre el todo y la nada, esa especie de derrape controlado que maneja con la gracia del trapecista veterano. “Quizá porque digo estas cosas es que no se me considera de la categoría de Manu Chao. Su actitud es, seguro, mucho mejor que la mía, porque él quiere ser latinoamericano, como buen francés, y yo me cago en el pueblo que golpeó las puertas de los cuarteles, se hizo el boludo durante la dictadura y después dijo: ‘Yo no sabía que pasaban cosas tan feas’. Mi actitud es francamente poco edificante, ¿no? Reivindicar rascarse los huevos, cuestionar el fascismo innato del argentino y considerar que es mejor ser ladrón y merquero que un buen burgués, pero eso sí, hacerlo desde la Rolling Stone. Muchachos, hice ese reportaje porque me lo pidió Gabriela Esquivada, la mujer de C.E. Feiling, que era mi amigo y que murió en 1997. Él y Andrés Delich eran mis amigos en el secundario. Fue una buena entrevista, porque rompí muchos los huevos para controlarla. Pero como dice Ricardo Iorio: no soy un ejemplo de nada, soy un referente. Pienso que se espera de mí que me porte como un chico bueno, que haga discos, vaya a la televisión, vaya a la radio, diga cosas interesantes en los reportajes con los diarios que le convienen a la compañía. Lo siento, pero me parece que la estrella de rock que quiere estar en la radio es un payaso. Lo siento, pero espero de una compañía simplemente que me acompañe. La estrellas de rock deben estar en su casa, como los toreros cuando cagan. Sin embargo, siento la obligación moral de decir que si bien desprecio al pueblo, me siento con el deber de interpretarlo, de entenderlo, de ser parte de él. Estoy harto de los discos: el disco es algo redondo y chato, no son mis canciones. Llamar disco a mis canciones y llamar industria a la música me ofende. Sin embargo, si estoy aquí, cagándome en los millones que podría ganar, es porque algo salió bien. Es porque me arreglé para hacer canciones que se quedaron a vivir en el alma de mucha gente. Que hablen los que tengan 40, 30, 25, los que no estén anestesiados, y verán. Quizás el público de Los Redondos me quiere por la frase “muerdo el anzuelo y vuelvo a empezar de nuevo”, que es una de las mil que escribí para hablar de drogas sin que se notara. O por “Mil horas”, que habla de una estrella roja que era un ácido. ¿O “Una estrella roja sobre Argentina” era una imagen sobre la sangre? No lo sé. Pero sí sé que nací un 22 de agosto, el mismo día de la Masacre de Trelew. “Tengo un cohete en el pantalón” es el porro. Hablé de todo eso cuando nadie hablaba de eso. Yo robaba durante la dictadura para comprar cocaína. Fijate que en la época de los milicos le decían merca. Del laboratorio Merck, pero merca, de mercadería. Estoy orgulloso de consumir drogas, de experimentar. Los tipos de izquierda se enojan cuando hablo de droga. Yo, que soy de una izquierda trucha, pero del corazón, que me gusta la zurda de todo, sobre todo la de la ley, les digo: ojo, gente con ideales que resignan todo a cambio de un sueldo o un Movicom. ¿De dónde sacaste que el sueldo de mierda que te paga la empresa que te explota –esa empresa puede ser el Estado– te autoriza a juzgarme a mí por un vicio, que soy el primero en exhibir? Yo no trago inmoralidad con la música. Y me va la marcha, como dicen en España. Te cuento un plan perfecto cuando ya pasó. No tengo estrategias para nada. Pero me ofende, de verdad, que tipos que venderían su alma por un aguinaldo y sefotografían con impresentables intenten ningunearme. Yo conozco a una chica judía cuando cojo con ella: son las mejores. Y a veces ni siquiera saben que son judías e incluso piensan como católicas. Si cogen bien, sin culpa, son judías. La culpa es un invento muy poco generoso. Y el tiempo es un invento sabandija.”
“Hoy me acuerdo de Polo Corbella con cariño”, se emociona Andrés, tocándose el corazón, en un momento en que la muerte flota en el living de Camboya, donde las horas pasan con la velocidad de la vida. No es el mismo domingo del principio, es un domingo anterior, otra temporada en el infierno, siete días atrás. El sistema del zapping mental en su apogeo. “¿Sabés por qué? Porque me acuerdo antes de todo cuando empezábamos con los Abuelos, con Polo soñando delante mío, en voz alta, con las cosas que podría darle el rock. Él quería una novia, una moto y un departamento en Capital, porque vivía en la provincia y manejaba un tacho. Tuvo lo que soñó. Fueron muchos años de locura, de gira, de jolgorio. Conocimos el país real, que no es Buenos Aires. Muchos años después, cuando estaba en la cárcel, lo fui a visitar, y parecía muy entero, melancólico, pero entero. No sé si Polo se murió de cáncer, no puedo pensar así. Quiero creer que salió de esta otra cárcel que es la vida. La verdad es que me quedé con ganas de regalarle una batería, una batería antigua que tenía para él. Sólo escribí una canción el año pasado con palabras para mis muertos queridos. ¡Qué honor que mis amigos se hayan muerto! Porque hay un montón de gente buena a la que le privaron la gloria de la muerte. Técnicamente, los desaparecidos no pueden dejar de ser muertos jamás. No habría que permitirlo. Tienen la gloria de haber muerto. Y en muchos casos defendiendo un puñado de ideas importantes. Sin embargo, argentinos berretas, patriotas de pelota de fútbol de una generación y media, extrañan los alfajores de dulce de leche si se van a París y jamás van a sentir culpa por haber estado en este país de mierda cuando les afanaban los bebés a madres que torturaban, después de secuestrarlas. Quiero hacer un disco para Madres de Plaza de Mayo porque es el más alto honor que alguien puede tener: que te pida una colaboración Hebe de Bonafini. Los chorros, como la palabra amigo no sirve más, inventaron la palabra compañero. Me gustaría ser compañero de Hebe de Bonafini en algo. A veces, la humildad es una obligación, si estás ante alguien importante en serio. Ser dealer es un trabajo humilde, hay que dar una bolsa y se gana poco. Ser periodista y ser músico son trabajos fáciles: se hacen canciones, se hacen notas. Ser la madre de un desaparecido es un trabajo difícil. En temas como éstos, reitero: vos, ¿estás con Hebe o estás con la policía? ¿Hay una posición intermedia? Siento por Hebe lo mismo que por Diego Maradona: si quedase mal con ella, quedaría mal con todo el mundo o al menos con todo el mundo que me importa. Y con Diego me pasó, la última vez: situación Taxi Driver estoy chiflado, lo trato mal. ¡A él! ¡Al mejor de nosotros! No veo la hora de encontrármelo. No sé qué voy a hacer, seguramente tirarme al piso y suplicarle perdón, por este carácter del orto que tenemos a veces los que no dormimos. Diego siempre me bancó. Vino a verme incluso cuando estaba triste, partiéndome en un hotel, a las dos de la mañana. Tuve conversaciones muy profundas con Diego. Él está obligado a caretear. Yo no tengo la obligación. Con los delincuentes y con los futbolistas, un palo en el que tengo muchos amigos, no hablamos de fútbol. Si ellos quieren hablar sí, pero no me hago el reo nunca. Para mí no es un valor hablar de libros, aunque sienta como un milagro escribir. O sea, no voy a estar contándole por ahí a mis futbolistas amigos que tengo amigos que son periodistas o intelectuales. No puedo hablar macanas con ellos, que tampoco se enorgullecen, creo, de no haber leído un puto libro en su vida.”
“Cuando se habla de sexo, droga y rock and roll, se habla de amor, espíritu e ilusión”, dice Andrés, sin intentar rematar nada, esta quintavez en seis meses que baja de Camboya para encontrarse con la ciudad en un domingo por la noche. “Sexo y amor para mí son la misma cosa: nunca tengo sexo sin amor, nunca tuve amor sin sexo.” Afuera, Buenos Aires tiene olor a ciudad antigua filmada por un taiwanés en ácido. Dos adolescentes lo miran gesticular, miran sus pies descalzos, su cuerpo magro, sus ganas de seguir hablando hasta perder la noción del tiempo. Les da miedo, y se van. “Cuando yo tenía veinte años, tenía una urgencia por saber, por crecer, por ir para adelante, unas ganas que todavía me emocionan. Esas ganas me trajeron hasta aquí, creo que intacto”, dice. “En cambio, no entiendo muy bien a la gente que nació del 70 en adelante, más o menos. Son raros, ¿no? Tienen 30 años, o 24, me da igual, y están pensando qué van a hacer con sus vidas.
” El coronel Kurtz sube ahora hasta el cuarto piso y se sienta frente a sus teclados berretas, seguro de que el tiempo está de su lado. Imposible saber cuándo volverá a dormir. La canción de Apocalypse Now! que está en el disco 3 de El salmón y se llama “Aguas peligrosas”.


Calamaro con Hebe de Bonafini en el living de Camboya profundo.