ANDRES CALAMARO Y UN RETORNO TRIUNFAL EN EL LUNA PARK
Esta vez, el esclavo se escapó


El mismo día en que el caso del porrito quedó cerrado, el cantante protagonizó un show que lo mostró en plena forma, demostrando que ante todo, siempre, están las canciones.
Calamaro no dijo una palabra del juicio, pero citó un sugestivo párrafo del Martín Fierro.
Por Eduardo Fabregat

Todas las antenas estaban levantadas esperando la frase, la alusión, el comentario sobre el juicio oral más breve –y más tonto– de la historia argentina. La crónica fría puede decir que no, que Andrés Calamaro no dijo una palabra, que el que no pudo evitar la referencia fue su hermano Javier (“Esta noche festejamos el triunfo de la inteligencia y la justicia”) y que, en todo caso, cada vez que el Luna repleto enarbolaba un caluroso “Olé, olé olé olé, Andrés, Andrés”, lo que sonaba era un respaldo que iba más allá de lo musical. Pero al mismo tiempo puede decirse que Calamaro sí habló del asunto: sobre el final de Estadio Azteca, otra gran canción sensible dentro de su generoso catálogo, Andrés elevó la mano y recitó: “Gracias le doy a la Virgen/ gracias le doy al Señor/ porque entre tanto rigor/ y habiendo perdido tanto/ No perdí mi amor al canto/ ni mi voz como cantor”.
La frase del Martín Fierro representa con justicia el espíritu de este regreso del salmón a los escenarios porteños: apenas se ubicó tras su teclado y arrancó con eso de “Yo soy el cantante...”, Andrés Calamaro se sacudió el exceso de equipaje judicial y recuperó su verdadera identidad, esa que lo coloca en el escalón de los grandes solistas argentinos mientras Alejandro Granillo Fernández, el abogadito que inició aquel (pre)juicio, se esconde y ni asiste a la audiencia en La Plata. Capítulo cerrado, final de diez años de pavada alrededor de una frase y una cita perfecta para festejarlo: Calamaro no es ningún criminal, Calamaro es un músico. Y en todo caso, al que daban ganas de llevar al banquillo de acusados ese lunes a la noche era al operador de sonido.
Entonces, sí, hay que decir que el primer show sonó por momentos decididamente empastado, lo que le quita mérito a cualquier concierto. Pero en Corrientes y Bouchard se jugaba otro partido, y las canciones de Calamaro logran imponerse a cualquier traspié técnico. Hablando de melodías, para armar la lista el cantante se concentró en su etapa post Rodríguez: esto hizo extrañar momentos de Por mirarte y (sobre todo) las monumentales elegías para tórax sensible y piano de Nadie sale vivo de aquí. Pero se entiende que Calamaro está en un momento de transición, impulsado sobre todo por las energías de la Bersuit –su actual banda de apoyo– y con los pies entre España y la Argentina. Sin banda propia, aún no está en condiciones de repasar todo su repertorio... y de todos modos están a mano Alta suciedad, Honestidad brutal, El salmón y El cantante, y allí hay bastante para meter mano y extraer un buen muestrario de lo que el ex Abuelo tiene en sus arcones.
Así fueron cayendo las perlas. Canciones urgentes como Clonazepam y circo, Tuyo siempre o La libertad, notables ejercicios del manual pop como Te quiero igual o Flaca (donde arreciaron los coros eminentemente femeninos), paseos melancólicos como la hermosísima Crímenes perfectos, Los aviones, Media verónica o Estadio Azteca, visitas al pasado reciente como Para no olvidar o Mi enfermedad o al pasado lejano como el Costumbres argentinas que cerró la velada haciendo temblar al Luna Park. De tema en tema, desmintiendo su propia declaración de “no me gustan las canciones porque mienten, porque todo se resuelve en tres minutos”, Calamaro se bancó el centro de la escena escudado en su obra, alguna vez injustamente discutida y hoy sólida como un acorde mayor. Apenas se animó a agradecer y a extender ese agradecimiento a la Bersuit, pero evitó la declaración demagógica o la arenga fácil, dejando que, en la noche de la absolución, las melodías establecieran el ritmo, el tono y el canal de comunicación con un público agradecido por el reencuentro.
Y además, a la hora de la arenga estuvieron los invitados. Salvo Juanjo Domínguez, señor de la guitarra que acompañó al cantante en Como dos extraños y Por una cabeza, los amigos que fueron subiendo sí dejaron explotar su satisfacción, y buscaron a conciencia que la gente liberara la fiesta. Javier Calamaro se dio el gusto de recibir la ovación del Luna tocando No me nombres, de su disco Kímika. Juanse y Andrés Ciro Martínez (en su retorno a escena tras su operación de rodillas) presionaron los botones del rock más sanguíneo, metiendo quinta para un homenaje a Pappo que incluyó Desconfío y Tren de las 16, siguió en una juguetona versión de No se puede vivir del amor y luego dejó al cantante de Los Piojos a cargo de buena parte de Alta suciedad: una versión contaminada de rhythm’n’blues que ganó aún más puntos con la conocida solvencia de Martínez sobre tablas.
A esa altura, Calamaro ya estaba mucho más allá de los dolores de cabeza provocados por una simple frase de ocasión. Y ni siquiera se fue del escenario para liquidar la faena con dos clásicos de clásicos: más de veinte años después de un apoteótico Luna de Los Abuelos de la Nada, Costumbres argentinas dejaría a todo el estadio de pie, gritando “No nos vamos nada, que nos echen a patadas” al ritmo de Yo no me sentaría a tu mesa. Pero antes, el recuerdo de su primera gran aventura española dejaría, como los versos del Martín Fierro, otra posible declaración de principios. “Tendrías que aprender a pedir perdón/ esta vez, el esclavo se escapó”, cantó. La cadena se rompió, el esclavo se escapó, y no perdió su amor al canto ni su voz como cantor.
Bienvenido, Andrés.