Miércoles 20 de abril de 2005

Calamaro, el cantante



Presentación de Andrés Calamaro , en teclados y voz, acompañado por Juan Carlos Subirá, en teclados; Oscar Rigui y Víctor Valenzuela, en guitarras; René Céspedes, en bajo; Carlos Martín, en batería; Sebastián Pangusi, en percusión, y Daniel Suárez y Carlos Sbarbati, en coros. Anteanoche, en el Luna Park. Hoy, a las 21, última función.

Como una ofrenda, como un claro mensaje de por qué estaba allí, Andrés Calamaro eligió comenzar su presentación con "El cantante", la versión del tema de Rubén Blades que también dio título a su último álbum. Puesta en canción, entonces, de que no estaba allí para la exhibición vacía sino para mostrar lo suyo: sus canciones, "lo mejor del repertorio", su arte de cantar.

Pero Calamaro es más que un cantante; es un compositor con muchas canciones que ya han quedado grabadas en el inconsciente colectivo. Es que si algo distingue a la música popular del pop pasatista es la posibilidad de establecer una conexión, directa y clara, entre las vivencias personales y una cierta lectura del mundo; una mirada que es a la vez confesión íntima y documento de época. Muchas de sus composiciones pueden fácilmente arrogarse esa condición, como "Crímenes perfectos", en la que ese dolor de "que ella no va a volver" se canta sobre el fondo de aquella generación que "vio el Mundial 78".

Ese lugar, el de artista popular -que necesariamente llega de afuera, que es otorgado por los otros-, es el que volvió a testear Calamaro anteayer, en su primera presentación en escenarios tras seis años de introspección creativa, y corroboró con el estado de fascinación que se dejaba ver en las caras de quienes colmaban el Luna Park y en la manera de corear incluso los temas más recientes.

De un plumazo dejó atrás esos años de ausencia y marcó que el tiempo del músico no es el cronológico. Lo acompañaron en este regreso los músicos del grupo Bersuit, con excepción del cantante Gustavo Cordera. "Son los ganadores del Gardel de Oro", dijo varias veces, generoso, agradecido, en referencia al premio que recibieron el miércoles de la semana pasada.

Los ocho de oro

Los ocho músicos, entonces, fueron la banda que acompañó al cantante y que supo adaptarse a las necesidades de cada tema; así, aunque acostumbrados a tocar juntos y otro repertorio, supieron refrenarse para dejar el protagonismo a las composiciones.

Tampoco se trató de ahondar en sutilezas ni de alternar momentos de brillo de un músico al otro. La banda funcionó como una máquina aceitada que a las sonoridades básicas del rock sumaba percusiones y coros varios. En cuanto al repertorio, estuvo centrado en los discos post-Rodríguez -de más allá, apenas y en los bises, se escucharon "Costumbres argentinas" y "Mi enfermedad"-; así, sus tan características rimas brillaron en "Te quiero igual"; "Tuyo siempre" se volvió más alatinado, y no faltaron bellos temas como "Los aviones", "Media Verónica", "Clonazepam y circo" y la sutil "Paloma".

Un arco en el tiempo

Estuvieron el javascript:void(0)hoy y el pasado. Este último cuando recordó que en ese mismo estadio había tocado, en mayo de 1984, con Los Abuelos de la Nada. "Para ellos las notas y los silencios de esta noche", dijo, e inmediatamente conectó directo al presente con dos temas de su disco más reciente: "La libertad" y "Estadio azteca". Pero dando un nuevo giro, en este último incluyó, cual payador, unos versos del "Martín Fierro", que dijeron aquello que estaba flotando en el aire: "Gracias le doy a la Virgen / gracias le doy al Señor / porque entre tanto rigor / y habiendo perdido tanto / no perdí mi amor al canto / ni mi voz como cantor". El pasado hecho presente, cantando el hoy con versos de ayer. Es el regreso tras un arco completo.

Como corresponde a una noche importante, a una noche de retorno, no faltaron los invitados. La mayor sorpresa fue la aparición en escena del gran guitarrista Juanjo Domínguez. Su pulsar preciso, enérgico y pasional fue el único complemento para dos tangos, "Dos extraños" y "Por una cabeza", que Calamaro encaró con un desparpajo que no dejó de lado el respeto. Sin embargo, a su particular manera de interpretar el género le faltó en esta ocasión cierta soltura, en parte debida, seguramente, a la necesidad de seguir la letra en el papel casi verso a verso.

Otra visita fue la de su hermano Javier, para hacer juntos un tema del último disco del menor de los Calamaro, "No me nombres". Fue el único momento en que, entre bromas, se hizo alusión a que esa misma mañana Andrés Calamaro resultó absuelto en una vieja causa judicial.

Y más homenajes. Porque no podía faltar, en quien siempre rindió tributo a sus mayores, en quien más versiones del rock nacional ha grabado en sus discos, recordar a Pappo. Con Juanse, de Ratones Paranoicos, hicieron el ya clásico y conmovedor "Desconfío" y el rockero "El tren de las 16". No hizo falta mayor explicación, ni palabras ni discursos; las canciones hablaron por todos.

Como alguien que sabe que ser el centro consiste muchas veces en salirse de allí, Calamaro también supo ceder su lugar de cantante y entregarle el protagonismo a Andrés Ciro, de Los Piojos, para una versión enojada, sincopada y áspera de "Alta suciedad".

La idea de descentramiento parece haber sido en buena parte el concepto del show. Porque eligió regresar acompañado de una banda "prestada", porque las luces se resolvieron de forma que no crearan esa división entre escenario prendido y sala oscura, y porque, cuando ya todo había terminado, cuando sólo quedaba la insistencia del público en algo más, lo que sonó fue "Mr. Tambourine Man", el tema en el que Dylan pide: "Toca una canción para mí". Del cantante del inicio que se ofrece al pedido final: otro arco completo.

Por Adriana Franco
De la Redacción de LA NACION

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