Viernes 22 de abril de 2005



Daniel Amiano
Calamaro: el gran retorno




Después de seis años sin subirse a un escenario; después de dar a conocer un álbum quíntuple, desbordante de ideas; después del exceso, la ausencia en el mercado discográfico y el desafiante gesto de entregar sus nuevas canciones por Internet, sin costo, y después del silencio, un silencio que comenzó a romper hace unos meses, como invitado de lujo de la Bersuit Vergarabat y que se hizo realidad generosamente entre el lunes último y anteayer, con tres Luna Park repletos, Andrés Calamaro volvió a sus canciones y a legitimar el cariñoso respeto que le tributan público y músicos.

Calamaro fue el protagonista de un gran regreso. El reencuentro del cantautor con un público renovado, dispuesto a celebrar cada melodía con un coro apasionado. Por eso, los constantes gestos de agradecimiento que llegan desde el escenario. Para el público es una celebración que se repite en cada tema, y hay un alto porcentaje del público que, por cuestiones de edad, nunca lo vio en esta situación protagónica.

Por eso resulta significativo que el concierto comience con "El cantante", la canción de Rubén Blades que Calamaro hizo propia en la última etapa de su carrera, cuando prefirió guardar silencio después de exponer compulsivamente cientos de composiciones.

El salmón, como es su naturaleza, fue contra la corriente (el disco quíntuple fue toda una puesta en escena del derrotero del artista y un desafío a la industria musical) hasta llegar a este lugar, que lo consagra como un cantor popular, como un autor de decenas de canciones que corean ya al menos un par de generaciones, desde los Abuelos de la Nada hasta este presente, donde muchos adolescentes cantan las mismas canciones que, al lado, corean sus padres.

* * *

Andrés Calamaro volvió a ocupar un lugar distintivo sustentado por canciones, muchas canciones, que ya son parte de la memoria colectiva. Si algo quedó claro en estos encuentros, fue el gesto celebratorio, la entrega que las dos partes, artista y público, consumaron con alegría.

Con la voz gastada, sin gestos excesivos, medido y apoyado por una banda que hizo todo lo posible por ser sutil –para que las ásperas historias que relata pudieran ser las verdaderas protagonistas–, Calamaro confirmó su estatura de autor descarnado, a veces ácido, otras, más ácido todavía.

La gente reconoce en él a un personaje que lidia constantemente con las problemáticas y las preocupaciones de casi todos, y las resuelve con frases sencillas y directas, como dispuesto siempre a llegar al fondo de la cuestión, cueste lo que cueste; cien canciones o una.

Por Daniel Amiano